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15 October 2011 @ 10:32 pm
(fic) en las fauces del mundo (biblia)  
en las fauces del mundo
david/jonatan (future!au)
No hay un buen asesino que se tome las cosas muy en serio.
pg
 
Pienso escribir un centenar de posibles mundos para estos. Angsty y bastante trágico. Me ha quedado muy dramático. Perdón. Es des-estrés inspirado por estrés.  Claramente estoy mal de la cabeza, pasad por encima de esto.
 
 
Ni siquiera es técnicamente una epifanía, porque siempre lo ha querido de una manera especial, pero supone que lo siente así porque nunca le había pegado tan fuerte y súbitamente el sentimiento de afecto.
 
Jonatan no se da cuenta, claro. Sigue jugando con la cucharita y moviendo su café lentamente, mientras este se enfría lentamente por el frío del invierno. Las ráfagas de viento son un poco más violentas que hace media hora, y eso delata la llegada de la noche más que la puesta de sol en un cielo perpetuamente gris por la contaminación.
 
Jonatan sigue hablando de cómo en el África (de donde acaba de volver hace unos días) las cosas están a punto de reventar y cómo nunca había visto enfermedades tan agresivas e infecciosas.
 
Probablemente sí sea una epifanía. David debería estar prestando más atención a lo que dice Jonatan que al descubrimiento súbito de que podría estar enamorado de él, pero bueno, resulta un poco difícil concentrarse en otra cosa.
 
Así que se blanquea mientras Jonatan le cuenta que las epidemias africanas están descontroladas y que el terrorismo ha subido radicalmente, amenazando las grandes capitales. Prefiere ignorar que la tercera guerra mundial parece avecinarse, en favor de reflexionar sobre cómo llegó a este estado.  E incluso cuando Jonatan comienza a hablar de países africanos amenazando con guerras químicas, y Norteamérica afirmando poseer bombas químico-nucleares como contraataque, sigue preguntándose por qué ahora para sentirse así. La lucha por el petróleo es cada vez más cruda y David ya no recuerda un tiempo en que no haya sido así, pero por un breve momento simplemente no le importa.
 
Hasta que llega un punto en que Jonatan deja de hablar y arquea una ceja, curioso ante su falta de intervención, y David se ve obligado a dejar su epifanía de lado y contestar algo por el estilo de “acá las cosas no están mejor”; Jonatan rola los ojos. David lee el gesto como un “desde luego, inteligente, si esto es el Fin del Mundo”, cargado con tanto sarcasmo como es posible, y no se pregunta cómo lo entiende.
 
Sabe que lo suyo es probablemente imposible. Están al borde del colapso mundial y el universo ha visto suficientes amores jóvenes truncados por la muerte en todo el tiempo que ha durado como para tener que soportar uno más a puertas del cataclismo final.
 
Aún así, cuando Jonatan llama a la mesera para cancelar su consumo (apenas dos tazas de café y un baguel a medio comer) David siente la necesidad de retribuirle la honestidad sobre sus viajes. Probablemente ya lo sospecha, pero quiere decirle la verdad sobre lo que ha hecho en ese tiempo, en nombre de la epifanía que acaba de tener. Se lo dice muy escuetamente.
 
—Goliat está muerto.
 
Jonatan lo mira y suspira. Lo sabe, claro, porque que haya estado en África no significa que se le haya escapado algo, con la enorme red de comunicaciones que tiene su familia.
 
Pagan y están fuera de la cafetería antes de que el sol termine de caer. El estacionamiento queda una cuadra más abajo, explica David. No sabe qué le habrán dicho a Jonatan sobre la muerte del líder de la más grande compañía petrolera del norte, pero no hay manera de endulzar el hecho de que él tuvo todo que ver ello y nada que ver con el equipo que rescató su cuerpo, como aparentemente se ha hecho creer al noventa por ciento del mundo.
 
— ¿Misión de mi padre?
 
El tono agrio con que lo dice delata lo mucho que lo enfurece la búsqueda de poder de Saúl. David se encoge de hombros mientras esperan que el semáforo de la esquina dé verde; él es parte de esa búsqueda.
 
—Algo por el estilo.
 
No es que Jonatan sea moralista, o que tenga algo en contra de la muerte de otras personas. Ha sido criado en un mundo corporativo, de pérdidas aceptables y recortes necesarios; tampoco es una santa paloma, por Dios. Su molestia es mucho más personal, pero eso no lo sabe nadie.
 
— ¿Qué puesto te ganó esta vez?
 
David retrocede un poco, y sus pasos se detienen por un momento en medio de la pista, golpeado por su pregunta. Jonatan se percata y voltea a mirarlo, ojos llenos de cierto arrepentimiento y cierta sospecha y David se recuerda por qué esto- una relación, pareja, amor- no es posible.  Retoma sus pasos para llegar a la otra acera antes de que el semáforo vuelva a permitir el paso de los carros.
 
—Perdona— musita Jonatan al llegar al otro extremo, y la bocina de un carro suena fuerte y David quisiera ignorar sus palabras, pero no lo hace. No podría.
 
—Nah, — dice, simulando restarle importancia mientras busca en sus bolsillos por un cigarrillo que no encuentra. — No te preocupes. Jefe de operaciones, si te interesa.
 
Se hace tarde y Jonatan tiene que volver al complejo de la compañía para rendir cuentas a su padre sobre su estadía en África. David tendría que volver con él y unirse a las prácticas nocturnas de Abner y su escuadrón, pero no es la primera vez que desea abandonarlo.
 
Su celular vibra y lo libra de eso.  David alza una mano, deteniendo a un Jonatan que luce cada vez más arrepentido y dispuesto a disculparse mil veces; es una llamada de negocios.
 
Cuando cuelga, la cara le ha cambiado a una fachada de indiferencia y practicidad. Jonatan reconoce ese gesto; es el gesto de alguien con una misión, así que no se molesta en preguntar. David no le contestaría, de todas maneras. Con las justas si señala con la cabeza hacia el estacionamiento, mientras avanzan.
 
—Vamos, te dejo en los edificios.
 
A veces a David le gustaría decirle a Jonatan que él no eligió esta vida. Que él no eligió que un hombre lo viese en las calles, robando para vivir, y decidiese que haría un genial asesino. Pero sabe que Jonatan no lo entendería, que preguntaría por qué no sale de esa vida ahora.
 
El trecho que queda hacia el estacionamiento es en silencio, y David agradece al dios en que no cree por ello. El viaje en el carro también lo es y al llegar, apaga el motor.
 
—Te veo mañana— musita Jonatan, bajándose del asiento de copiloto y David sonríe un poco, porque tiene un sentido del humor terriblemente morboso, y no puede evitar exteriorizarlo.
 
—Ya veremos.
 
El gesto de Jonatan parece endurecerse ante eso, así que David le resta importancia de nuevo. Es un maestro de restarle importancia a lo verdaderamente importante.
 
—No pongas esa cara, ya sabes lo prescindibles que somos en esta época.
 
Y suelta una carcajada. Sabe que sólo la está empeorando, pero es que por una vez, está algo furioso con Jonatan. Por no entender, por huir a África, por huir siempre, por dejar a David atrás cada vez. Quizás no sólo “algo” furioso.
 
—No seas cínico— contesta Jonatan y tiene las manos cerradas en puños; David deja salir un suspiro, porque es tan típico de Jonatan el complicar las cosas más simples.
 
—No te lo tomes tan en serio, Jonatan,  —le dice, encogiéndose de hombros y Jonatan bufa. —El mundo se acaba con o sin nosotros, eh.
 
— ¿Quieres dejar de hablar como si realmente quisieras morirte?
 
David siempre ha sabido, de una manera muy instintiva, que quién sea que acabe dentro del negocio tiene que querer morirse por lo menos un poco. No hay otra manera de enfrentar todos los días la incertidumbre de si sobrevivirás o no hasta el anochecer. No hay un buen asesino que se tome las cosas muy en serio. Sino que le pregunten a él cómo ha sobrevivido tanto tiempo.
 
—Te aseguro que no planeo dejarme matar tan fácilmente, —le aclara, arrancando nuevamente el motor y Jonatan arquea una ceja.
 
Parece querer decir algo, pero David no tiene tiempo para esto. Van a marcar las nueve y ya  está totalmente oscuro. En la puerta del complejo espera Abner, para llevar a Jonatan seguro al edificio principal, con Saúl.
 
A veces piensa que todo era muchísimo más fácil, cuando todavía eran adolescentes; Jonatan más alegre y David menos cínico. Antes de que tuviese su primera misión y mucho antes de que Jonatan decidiera que huir por el mundo era una técnica perfecta para evadirlo cuando regresaba al complejo oliendo a pólvora y violencia.
 
Pero el tiempo pasa, supone David, y encierra esas memorias muy dentro, en ese rincón del corazón donde todo duele menos.
 
Gira el carro para tomar la avenida, pero Jonatan lo llama antes de que acelere.
 
—Espera, David.
 
—Abner va a echarte un sermón por hacerlo esperar y quedarte desprotegido acá y no estará equivo-.
 
—Regresa— lo corta Jonatan y David se queda sin palabras.
 
Jonatan tiene esa mirada que sólo pone cuando algo es verdaderamente importante, y quiere que realmente lo escuchen. David podría cerrar los ojos y no ver nada y no pensar nada más allá de las palabras porque sería infinitamente más simple. Pero la vida no es simple.
 
La cuestión es que Jonatan a veces dice cosas estúpidas e hirientes que recuerdan a David que  no debería pensar que alguna vez entenderá el por qué  es lo que es. Y otras veces dice cosas que le hacen pensar que aunque no lo entienda, puede que lo acepte. Como ahora, que le pide que vuelva y es prácticamente una orden.
 
David podría decirle algo hiriente y cortar por las buenas. Marcharse y enrolarse en otro escuadrón. Acabar con esta pseudo-relación que genera más incógnitas de las que resuelve. Cambiar de vida aparece por una breve fracción de segundo en su mente, para ser aplastada por imposible. Hay trabajos de los que sólo sales en una caja de madera labrada y David lo sabe muy bien. Es el contra de ganar millones por persona y ser parte de los próximos dueños del mundo.
 
Ese mismo mundo que se cae a pedazos mientras él se mantiene seguro en su ciudad del primer mundo, meditando si amar está bien o mal. El pensamiento lo hace sonreír, y Jonatan parece respirar de nuevo ante eso.
 
—Vale.
 
Cuando David finalmente acelera y desaparece calle arriba, Jonatan se permite fruncir los labios y maldecir por lo bajo. Abner se le acerca y poniéndole una mano en el hombro lo jala suavemente hacia el complejo.
 
—No te preocupes, hijo. David es un chico listo.
 
Su tono no alivia a Jonatan. Abner odia con toda su alma a David desde que ascendió a jefe de división, hace meses, y ahora que ha subido a ser la mano derecha de Saúl, las cosas son incluso peores.
 
Hay días en que Jonatan quisiera agarrar a David por las solapas del traje gris oscuro que siempre usa y besarlo hasta que el aire no fuera necesario, para luego decirle, bajito al oído, que se debe marchar, que no quiere verlo muerto, que tiene que huir. Pero sabe que David no es ese tipo de persona. Sabe que no se marchará hasta que algo irreparable suceda. Un atentado, o algo igual de obvio.
 
—Claro.
 
Las luces de la calle parpadean ligeramente cuando Abner cierra la puerta del complejo detrás de ellos. La electricidad corre nuevamente por las rejas y Jonatan sabe que detrás de ese fuerte, nada puede ocurrirle. David es otro asunto. David nunca corre más riesgo que dentro del complejo.
 
—Tu padre quiere verte.
 
—Lo sé.
 
A veces Jonatan tiene el sentimiento de que David quiere irse, marcharse por las buenas y cortar toda relación con el escuadrón y con él mismo. Son momentos en que se  da cuenta que no ha hecho nada, nunca, para impedir la probabilidad de que eso suceda.
 
La duda le carcome, y no sabe (no puede saberlo) que la duda es mutua. Que el sentimiento los une con lazos de los que no son concientes.
 
David, calle arriba, millas lejos y rumbo a un blanco más, sabe que el pensar en otras cosas nubla su habilidad para ejecutar su trabajo. Esto, las sensaciones y las preocupaciones, distorsionan su sentido común y eso no ayuda en absoluto.
 
Y en cierta manera ambos presienten que el final (o el comienzo) se acerca.
 
Saúl espera a su hijo en la cima del edificio principal, en las oficinas, y Jonatan se hace la promesa de no esperar más. Sale del ascensor en dirección a su oficina, y se jura en silencio que la próxima vez que vea a David, acabará con esta danza ilógica.
 
A kilómetros fuera, David se aproxima cada vez más a su blanco.
 
A kilómetros dentro, Jonatan cierra las manos en puños y le augura al universo otro amor posiblemente truncado por la muerte, otra historia de Capuletos y Montescos y otra tragedia griega antes del fin. Una vez más, por los viejos tiempos.
 
En silencio, el universo le acepta el reto.